La infancia es un periodo dorado: no solo porque todo es un descubrimiento inmenso a nuestros ojos de niños, sino tambien porque tenemos mamà y papà para protegernos y guiarnos. Cualquier cosa de la cual tenemos necesidad, cualquier obstaculo se presenta sobre nuestro camino, sabemos que podemos confiar en ellos.

Creciendo, la seguridad que ellos nos infunden es menos; el mundo se complica y los problemas no son mas asi de simples de resolver. Pero sobre todo, ellos, nuestros heroes, comienzan a perder sus «superpoderes», las energias y el vigor, hasta que somos nosotros, esta vez a tener que cuidar de ellos.

Es dificil aceptar que los propios padres envejecen: asi, principalmente nos irritan aquellas pequeñas limitaciones que año tras año, vemos surgir en ellos. Somos concientes que los años pasan y sus cabellos se vuelven grises, las arrugas dibujan el rostro, incluso tomamos con fastidio el hecho que no logran mas a reaccionar con rapidez, autonomia y resolucion a nuestros pedidos y a sus exigencias.

Como si inconcientemente reclamasen la misma atencion de cuando eramos pequeños, el mismo rol protectivo de la infancia y nos enojabamos al darnos cuenta que falta. Se olvidan de las citas, se necesita repetir mas fuerte la misma frase, no es por despecho o un descuido frente a nosotros: nosotros quedaremos siempre sus niños a los ojos de mamà y papà.

Entonces, cuando comienzan a tomar acto de estos cambios, entra la preocupaion; 

Primero, delgado y espeluznante, hasta que, al crecer los signos y dolencias de la vejez, se convierten en una angustia que aumenta inexorablemente, y se acepta inexorablemente, pero con una amargura subyacente que es acumulativa.

Y aquí, como hijos, nos convertimos en padres de nuestros padres.

Esto de tomarnos cuidado de nuestros padres significa no solo vigilar la salud de ellos, sino tenerlos al reparo de las preocupaciones y de los dolores, grandes y pequeños, de la vida.

Asi no les contamos de nuestras ansias de padres, de la dificultad en familia; disminuimos los problemas con los hijos, y omitimos aquellos del trabajo: en sintesis, endulzamos la realidad, para lavarla de cada disgusto y angustia y hacerle a ellos un poco mas manejable – fisicamente y emotivamente.

Mientras tanto, apretamos los dientes, porque aquel reparo seguro que ellos representaban no existe mas, sino en nuestros recuerdos.

En vez de una solucion a los problemas debemos alegrarnos de una sonrisa y de un abrazo inconsciente de nuestra dificultad. Pero sepamos que aquello es justo y que finalmente tienen el derecho de sentirse cansados y de ser acudidos de los propios hijos.

En cambio debemos sentirnos agradecidos, porque en este modo podemos restituirles un poco de aquel cuidado y de aquel apoyo que con tanto amor nos han ofrecido; hacerles aquel tiempo de su vida que han dedicado a nosotros conciderandonos su tesoro mas grande.

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